2. El cine: las primeras décadas



Cuando los hermanos Lumière proyectaron esta llegada del tren a la estación, los espectadores sintieron pavor al pensar que la locomotora se les iba a echar encima. No es siquiera comparable con la actual sensación que tenemos frente a una pantalla de cine en 3D: los medios audiovisuales forman parte de nuestro paisaje habitual. Para aquellas personas, el invento del cinematógrafo todavía rezumaba cierto misterio, cierta magia que solo el discurso de la ciencia, propio de la época de final del siglo XIX, se encargaría de reducir a una explicación científica: el secreto residía en un invento con un sencillo mecanismo que permitía el arrastre intermitente de película fotográfica y que los hermanos Lumière llamaron cinematógrafo (del griego, kinema, movimiento; y grafein, escribir).

Las primeras películas de los hermanos Lumière trataban sobre la vida cotidiana, duraban unos 50 segundos (de unos 17 metros de película):

 
 
No consideraban el cinematógrafo como un negocio para el espectáculo, aunque en alguna ocasión sí echaron mano de la “magia” y la risa como en el vídeo de la derecha. 

 

Méliès

Pero el verdadero mago del cine fue Georges Méliès, quien trató de comprar un cinematógrafo pero no lo consiguió, y finalmente desarrolló su cine con la compra de un bioscopio inglés (otro más de los artilugios que surgieron en esta época y que dejan entrever que la invención del cine no tiene más autoría que la colectiva), con el que terminaría descubriendo por casualidad el trucaje cinematográfico, que le permitiría plasmar su talento e ingenio en películas fantásticas como la célebre Viaje a la luna (1902), aportando la historia del cine la puesta en escena:

 

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Curiosidad

Mientras tanto, en Estados Unidos, el inventor Thomas Alva Edison, también desarrollaba su propio cinematógrafo, el kinetoscopio, más incómodo que las proyecciones colectiva de los hermanos Lumière, pero mucho más dado al espectáculo y al negocio, como demuestra el The kiss (1896), el primer beso filmado y el inicio de lo que más tarde será el happy end (final feliz) en la fábrica de sueños del cine, aunque en su momento fuera tildado de «bestial».